29 Diciembre 2006
20 Octubre 2006
13 Octubre 2006

 

Paris. Francia. Confieso que me he enamorado aquí en Paris. Después de mucho tiempo he recobrado mi fe en los ojos de una mujer. Su sonrisa, su carisma, su lenguaje corporal, incluso su estilo y candidez, me han seducido. Se trata de una rubia de ojos azules sin maquillaje. Hoyes un fantasma. Su nombre, Marylin Monroe.

La exposición del Museo Maillol, “ La última sesión”del fotógrafo Bert Stern es una joya de la fotografía en el género de retrato. La imagen de Marylin en mi territorio emocional era muy vaga. Más allá de una referencia histórica, jamás vi una película completa y nunca la escuche cantar. Pero esta semana, la conocígracias al poder de la imagen y la posibilidad de congelar el tiempo y el espacio a través de los ojos de un reconocido fotógrafo de Vogue.

La serie que se presenta en Paris, deriva de una sóla sesión de fotos que se realizó poco antes de que ella muriera, pero nunca se publicaron. De aquel encuentro, sólo ellos dos saben lo que sucedió en la suite 261 del hotel Bel-Air en Los Angeles.

Doce horas de fotos y tres botellas de Dom Pérignon, más el talento de uno y la seducción de Marylin, fueron suficientes para dejar un testimonio único de la fuerza de dos pasiones en pleno encuentro creativo. Se tomaron más de 2,500 imágenes en un dia. La selección de Stern es perfecta.

Aunque las primeras imágenes son clásicas de la época y el estilo de Vogue en esos años. Algo sucedió en las siguientes horas que hizo olvidar un elegante vestido negro, para pasar a jugar con unas sencillas mascadas y terminar en la cama, con los retratos desnudos de Marylin más provocadores de su carrera.

Es obvio que la cámara posee una especial fuerza de seducción, pero al final, Stern sería aplastado por los ojos de Monroe. Las imágenes demuestran el excelente manejo de composición y oportunidad en cada disparo. Pero sobre todo, revelan la enorme complicidad entre la modelo y el fotógrafo.

Bert Stern no era ningún novato, al contrario, venía de fotografiar en Roma a Liz Taylor entre otros trabajos anteriores a ese encuentro. Se trataba de un profesional y sin embargo, él cuenta que apenas Marylin cruzó la habitación de la suite y olvidó por ese instante a su mujer, a su bebé y toda su vida en Nueva York.

La presencia de Marylin, la belleza natural de Hollywood, lo llenaba todo con esa sonrisa. Una sonrisa que, remontando el tiempo y el espacio, es capaz de seguir seduciendo a aquellos hombres que habían perdido la ilusión y la confianza en las mujeres.

 

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