29 Diciembre 2006
20 Octubre 2006
13 Octubre 2006



Carlos, son muchos años y mil historias entre nosotros. Recuerdo tu clase en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, la mejor de mi paso por la Universidad. Abarrotado el salón, tomábamos apuntes sentados en las ventanas porque las sillas ya no alcanzaban. Ahí empecé a conocerte.

Después, en 1993 nos encontramos en el Daikokú de Insurgentes, cuando Vicente Leñero me había invitado a trabajar en Proceso. Yo rondaba los 24 años y me dijiste, que si estaba dudando en entrar a Proceso, debía consultar a mi ginecólogo. Ese año me incorporé a la casa de Fresas. El resto es historia.

Ciro tiene razón, tu calidad humana es de otro mundo. Tu generosidad es a toda prueba. En marzo de 1999 cuando renunciamos a Proceso, el dolor de todos aquella noche era inmenso. Me los has dicho varias veces, no dejabas un trabajo, dejabas “Tu Casa”. La Casa que ayudaste a construir, como parte del grupo fundador. Días después cuando decidí quedarme en la revista y te lo comenté, tus palabras fueron claves: “Lo entiendo, adelante, es tu familia, quiero mucho a María, es lo correcto, no hay bronca”.Y no la hubo.

Por obvias razones se dio una pausa entre nosotros y cada quien siguió su camino. Nos encontramos de nuevo en 2003 en Qatar, en el Golfo Pérsico, tu ya como director de Milenio. Platicamos y nos reímos mucho en el desierto. Bromeabas con los soldados y hasta les pediste subirte a uno de sus Hummer. Sólo a ti se te podía ocurrir tal cosa días antes de la invasión a Bagdad. Ahí te tomé esta foto.

Tu sentido del humor es único, inteligente y complejo. Tu pasión por este oficio es contagiosa. Hace poco, decías que llevabas más de 35 años divirtiéndote y que el día que sintieras que esto es un trabajo, renunciabas.

Este año, cuando finalmente un grupo de fotógrafos decidimos abandonar Proceso, fuiste el primero en llamarme. ¿Cómo estás ?, preguntaste.¿Cómo están Pablo y María ? Yo no sabía que decirte. Días más tarde, desayunamos con Rafael Ocampo y ahí surgió la idea de esta columna. Carlos,¿qué puedo decirte en una semana como esta, tan dura para ti y tus hijos? Quizá lo realmente fuerte, después de la muerte, es la ausencia. Sólo me resta ratificar mi amistad.

El lunes pasado fue la segunda vez que te vi con lágrimas en los ojos. No dijimos nada, sólo no abrazamos. Sali de Gayosso con una tristeza enorme. Sabes que se te quiere, pero siempre hay que decirlo. Recibe un caluroso abrazo y mi agradecimiento invariable. Ya volveremos a reír juntos.

 

 

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