Sarajevo, Bosnia Herzegovina. Verano de 1998

Atrás quedó el puerto italiano de Ancona, último punto de la Europa comunitaria del primer mundo. Italia, toda, clavó su atención en el Mundial de futbol. Acababa de ser descalificado de la copa del mundo de fin de siglo.  Las calles de Ancona estaban desiertas, silenciosas; los italianos enmudecieron como si hubieran perdido una guerra.

Anochecía. El ferry estaba por cruzar el mar Adriático, frontera natural que divide a dos sociedades: la pacífica  y ordenada de la conflictiva: caótica en su ideología, política y religión.

El barco lleva 300 pasajeros, automóviles y trailers al puerto croata de Split. Se mueve lento. 12 horas después se detiene. Quedaron atrás las ciudades de la moda: parís, Marsella, Cannes, Mónaco, Turín, Milán. El paisaje se transforma con el cielo, estrellado, impregnado de un suave murmullo de mar.

El "Panamá" está equipado con un casino, tiendas, bares y restaurantes, además de un improvisado helipuerto que opera como bar-terraza. Transporta sobre todo croatas, unos cuantos italianos, un iglés y una mujer bosnia desconfiada, de rostro duro y de mirada perdida. Amable, el croata se distingue de los europeos de otras nacionaliades. Resalta la belleza de sus mujeres. Apenas hablan italiano e inglés; prefieren su lengua natal o el alemán.

Lo que era Yugoslavia fue dividida en seis repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro y la Yugoslavia Serbia. Este territorio ha sido escenario de uno de los conflictos bélicos más espeluznantes de los últimos tiempos. Más de 300,000 yugoslavos murieron en cinco años a causa de una absurda guerra religiosa y política que, cabalmente, pocos comprendieron.

Split, Croacia. 6:35 a.m.
El puerto meieval es de roca y ladrillo. Caminan por sus calles algunos hombres y mujeres que se atraviesan conmigo, sorprendidos por mi origen, En la aduana me hacen todo tipo de preguntas: "¿Qué hago tan lejos de Ámerica?", "¿A qué se debe mi visita?", "¿Porqué viajo solo?" Van más allá: están ansiosos por confirmar si Luis Hernández es mexicano (su cabello rubio los hace dudar) y si los taxis en México son verdes, como los que miran en las telenovelas que exporta Televisa.

Coca-Cola instaló en las grandes plazas del puerto pantallas gigantes para que nadie se perdiera el partido Croacia contra Alemania. Ganó Croacia y estalló la locura; celebraron los policías y los barcos sonaron sus bocinas la noche completa. Croacia es país nuevo y pequeñísimo, de apenas cuatro millones de habitantes. Tiene cinco años en el mapa de Europa. Aún así derrotó a una potencia futbolística. Esa fue percibia como su mayor hazaña después de la guerra que libraron contra los serbios y bosnios. A esta República le costó cerca de 10,000 muertos su aventura independentista. Croacia es católica y no le interesa ya nada sobre el comunismo. Vive en el libre mercado. Acepta a las grandes transnacionales como la Coca-Cola, Nike y McDonalds. Mantiene  casi toda la costa de la ex-Yugoslavia, por lo que administra la infraestructura turística. Su frontera con Bosnia la establecen los Balcanes, enormes montañas que encierran a los musulmanes. Los bosnios tienen sólo una salida al mar, una roca con vista al Adriático.

 De Split a sarajevo son más de 18 horas en autobús. La única carretera que sobrevivió a la guerra tiene sólo dos carriles en los que se atasca el tránsito. A esto contribuyen 18 puestos de control militar de la SFOR (Fuerza de Estabilización Militar, que depende de la OTAN). En cada retén militar son revisados todos los pasaportes.

El viaje es contrastante: un cielo azul y un paisaje sublime rodean cientos de comunidades que ahora están destruidas. Nada quedó en pie. Pueblos enteros fueron arrasados por los serbios para acbar con los musulmanes. Sólo quedan escombros, ruinas, cementerios, minas y un penetrante olor a muerte.

Los civiles y militares bosnios llenan el autobús de silencio. Miran por las ventanillas y enmudecen. Todos tienen por lo menos algún pariente muerto: un hermano, un esposo, un hijo, o un padre. En sus rostros esconden sus historias.

El chofer impone la música árabe. Conduce a 60 kilómetros por hora, la máxima velocidad permitida por los militares. Advierte que de no alcanzar Sarajevo antes de que caiga el sol, pararemos hasta el amanecer. Cruzamos los dedos para librar la prohibición de transitar por la noche.

8:00 p.m. Afortunadamente estamos ya en las afueras de Sarajevo. El chofer es autorizado para ingresar a la desolada terminal. No hay empleados ni vendedores, ni siquiera luz.

La ciudad tampoco está iluminada. Nadie espera a los que llegan. Nos recibe la destrucción, los restos de edificios quemados.

Cuando ya no queda nadie, un bosnio me ofrece un taxi. Intenta hablarme en inglés, toma prestadas palabras del italiano y finalmente nos entendemos en francés. Acepto.

Observo a lo lejos lo que queda de un auto Lada, quemado y oxidado. El sujeto vuelve en dos minutos abordo de un Mercedes Benz negro. No parece un taxi oficial. Le pido que me lleve al Holiday Inn, que funcionó como refugio de la prensa durante la guerra. El chofer me advierte que la habitación cuesta 300 dólares por noche. De inmediato me ofrece una opción más barata: una pensión en el centro, con luz hasta la media noche y agua durante dos horas (de las 6 a las 8 de la mañana).

El trayecto es rápido. Circulamos por la avenida de los "snipers", el lugar donde los francotiradores serbios asesinaron a cientos de bosnios y periodistas durante 4 años de sitio militar. Los semáforos no funcionan, tampoco el alumbrado público.. Es una calle negra. El Holyday Inn instaló en su azotea varios reflectores que iluminan con potencia los edificios destruidos. Aprovecha la escenografía. En esa esquina la luz en intensa. Pasamos de largo y de nuevo la oscuridad.

La pensión es la casa de una familia bosnia que renta algunas habitaciones. Es limpia y cómoda. No hay registro de mi estancia salvo por mi pasaporte  que se guarda en una caja fuerte.

A las cinco de la mañana, me despiertan unos lamentos que se escuchan dentro de mi cuarto. Es el llamado musulmán para la misa matutina, que se repite cada 45 minutos hasta las 11 de la noche.

La pensión está al lado de una de las 50 mezquitas de la ciudad. A través de las bocinas instaladas en sus torres llaman a misa al mismo tiempo hasta por cinco minutos. No hay forma de escapar a ese quejido. Los habitantes acuden puntuales a la cita madrugadora.

Sarajevo ya no es noticia.
La ciudad no llegaba al millón de habitantes cuando las estadísticas perdieron confiabilidad, después de tantas bajas y desplazados que adelgazaron los censos. Nadie sabe con exactitud cuanta gente murió ni cuanta a regresado.

La población es musulmana en su mayoría. Hay algunos ortodoxos y los llamados modernos, además de una minoría católica-bosnia.

Devastada, la ciudad de Sarajevo muestra las huellas de la guerra: sus calles y fachadas están marcadas con ráfagas de metralleta que cruzan puertas y ventanas. Las banquetas y el pavimento están sembrados de hoyos que dejaron miles de granadas que ahí explotaron. El lugar de las ventanas está ocupado por plásticos de la ONU. El vidrio aquí es un lujo. El transporte apenas se está reconstruyendo. Hay un tranvía que cruza la ciudad. Algunas empresas europeas y asiáticas apoyan su operación a cambio de insertar su publicidad en los vagones. Bennetton se anuncia en los tranvías, al igual que los condimentos Thomy y las películas Fuji. Japón donó varios autobuses urbanos para tratar de resolver el problema del transporte. La Volkswagen envió decenas de autos Golf para la nueva policía bosnia.

Hasta ahora la moneda que rige la economía es el marco alemán, pero a partir de agosto los bosnios estrenaran una propia equivalente al 100% con el marco.

La SFOR es la única fuerza militar autorizada para portar armas. El ejército bosnio no opera como tal; sólo tiene presencia simbólica. Los patrullajes de la SFOR son constantes. Inclusive a distintas horas hay vuelos de reconocimiento en escuadrones de helicópteros que vigilan el cielo de Sarajevo.

Prácticamente no hay turismo en Sarajevo. Los extranjeros que se ven son soldados de la OTAN, miembros de la ONU y de organizaciones no gubernamentales, así como periodistas.

Es común encontrar por las calles o en los paraderos a hombres lisiados, ayudados por muletas, sin una pierna o un brazo. La población es mayoritariamente femenina. Hay pocos hombres porque casi todos murieron. Se improvisaron cementerios por todas partes: en los parques, sobre las banquetas, al lado de los negocios. Los niños juegan a las escondidas entre las tumbas (casi todas con fechas de fallecimiento entre 1992 y 1994).

Los cementerios se visitan diariamente. Las madres y esposas de los bosnios muertos durante la guerra lloran y limpian las lápidas, riegan con agua su dolor.

Sarajevo se rompió. La ciudad se convirtió en un albergue de la Cruz Roja Internacional, en un cuartel de la OTAN, en una oficina de la ONU, en un inmenso cementerio.

Se respira el odio. Los rostros confirman que no olvidarán la guerra. La ciudad grita que no olvidarán la guerra. La ciudad grita su angustia. La gente lo perdió todo. Es verano y el frío muerde; el invierno será mucho peor.

Ulises Castellanos

San José Insurgentes, México 1998.

 

 

 

 

 

 

 

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